Escribiendo en el desierto
Mientras unos contienen la respiración por el posible ataque de EEUU (con el apoyo de sus vasallos "democráticos") a Irán y otros andan contando las monedas que supone el aparente revés a los aranceles trumpianos el resto del mundo sigue caminando, como diría Calle 13 en su icónico "Latinoamérica". Aunque no es Latinoamérica quien camina, precisamente. Son los BRICS, como os comenté en la entrega anterior con la bolsa de cereales. Es África, que acaba de celebrar la 39 sesión de la Unión Africana. Es el Sahel.
La UA se reunió los días 14 y 15 de este mes con tres conclusiones claras: compromiso con la autonomía financiera, la reforma institucional y el reposicionamiento global. Aquí hay que hacer una mención oficial a la legitimidad que se otorgó a los dirigentes de Burkina Faso, Malí y Níger (satanizados en Occidente como "golpistas"). Porque sin ellos, sin lo que están haciendo estos países que se están liberando del colonialismo francés y, por lo tanto, europeo, no se hubiese llegado a esos consensos mencionados más arriba y que constituyen un desafío sistémico a la arquitectura internacional establecida tras la II Guerra Mundial y mantenida tras los procesos formales de descolonización durante los años 60 y 70 del siglo pasado. Por ejemplo, en el rapapolvo que se echó al secretario general de la ONU, presente en esta reunión anual de la UA, sobre la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, donde tiene que haber al menos un país africano, y la afirmación de que "la gobernanza global sin una representación africana equitativa es estructuralmente ilegítima".
Por supuesto que a Occidente esto no le interesa en absoluto, por eso la UA acordó insistir en que "es una cuestión de justicia histórica el reconocer que ciertos actos cometidos durante la esclavitud, la deportación y la descolonización son genocidio". Al situar la verdad, la justicia restaurativa y la dignidad en el centro de la agenda, la UA aborda el fundamento simbólico de las antiguas potencias coloniales europeas, como lo demuestra la adopción de la Declaración de Argel sobre la criminalización del colonialismo en noviembre de 2025, en la que se "exige a las antiguas potencias europeas el reconocimiento público de crímenes y reparaciones por daños materiales, humanos y ambientales", definiendo además la práctica de torturas y expolios como "crímenes imprescriptibles".
Un poco más tarde, el 21, Burkina Faso, Malí y Níger fueron un poco más allá marcando el camino hacia la definitiva descolonización de África: crearon las Fuerzas Unidas de la Alianza de Estados del Sahel. Es una fuerza militar unificada, con 5.000 soldados en total, equipados con recursos aéreos, terrestres y de inteligencia. Esto marca una nueva etapa en la cooperación en materia de seguridad entre estos tres Estados del Sahel. Bajo el mando de un general burkinés, estas FUAES combatirán "el terrorismo y los grupos armados activos en la región, en particular en las zonas fronterizas, actualmente marcadas por un alto nivel de inseguridad debido a la escalada de ataques yihadistas y la persistente inestabilidad alimentada por la movilidad transfronteriza de los grupos armados".
Es un paso que refuerza el objetivo estratégico que se fijó la AES en su creación en septiembre de 2023 de promover el desarrollo socioeconómico de la zona "reconstruyendo" toda la red comercial que estaba bajo dominio de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, es decir, de hecho bajo el dominio de Francia. Estos tres países de la AES se retiraron de la CEDEAO en enero de 2025 criticándola por su ineficacia en la gestión de las crisis de seguridad y por la influencia excesiva y el papel hegemónico de Francia. Al mismo tiempo, los tres países están diversificando sus alianzas militares y diplomáticas, con nuevas asociaciones, particularmente con Rusia y China.
En estos dos años y medio se ha creado el Banco de Inversiones de la AES (15 de diciembre de 2025), que ya cuenta con un capital equivalente a los 900 millones de euros, y este año está previsto que entre en funcionamiento el Fondo de Estabilización con el que los tres países esperan consolidar la viabilidad del proyecto de soberanía de la AES "buscando la estabilidad monetaria y la independencia económica".
Con estos dos instrumentos en funcionamiento la AES espera implementar proyectos conjuntos para brindar seguridad alimentaria a la población, garantizar el acceso a la tierra, el agua y la atención sanitaria, así como a la educación y la formación profesional orientadas al empleo y, desde una perspectiva más estrictamente económica e inmediata, controlar los recursos minerales y energéticos, asegurar la industrialización y la comercialización de productos, y fortalecer las infraestructuras, el transporte, las comunicaciones y las telecomunicaciones. Paralelamente, el objetivo es aumentar el control de los recursos
minerales y energéticos y los procesos de industrialización local.
Todo esto no es un programa temporal, sino a largo plazo y que cuenta con el apoyo masivo de la población de los tres países. Y más allá. Otros, como Chad, Guinea y Togo, están acercándose cada vez más a la AES.
Los colonialistas de siempre ya están diciendo que es un salto en el vacío geopolítico. No entienden nada porque ven como "vacío" lo que es una pérdida de hegemonía y un claro proceso de descolonización. No pueden entender cómo unos "salvajes" se atreven a caminar fuera de la "civilización" que, como se ha remarcado en la Conferencia de Munich, sigue siendo la esencia blanca y occidental.
La UFAES nace con unas fuerzas modestas, pero la figura política que dibuja es más que relevante. Lo que subyace es claro: se crea por la ineficacia en la gestión de las crisis de seguridad y, sobre todo, la excesiva influencia francesa que ha dejado hacer, cuando no colaborado con los yihadistas. Por eso la AES ha buscado a Rusia y China como socios alternativos a nivel militar, económico y de infraestructura.
Es un pasaje que en Occidente, en Europa en concreto, se lee a menudo como "deslizarse en la órbita de Moscú". Pero para los tres gobiernos sahelianos la narrativa es diferente: es un proceso de “soberanización” de las políticas de defensa y desarrollo. Una palabra que hay que entender como descolonización y que encuentra un muy mayoritario consenso en sociedades marcadas por la pobreza crónica, la inestabilidad política y más de 8.000 muertes vinculadas a la expansión de grupos yihadistas en los últimos años.
El desafío es grande, con un entrelazamiento evidente entre lo militar y lo estatal: control del territorio, servicios públicos, confianza en las instituciones. Pero en este mundo donde la hegemonía occidental declina con rapidez, el Sahel se sitúa a la vanguardia. Y cada vez hay más evidencias de la resistencia de los colonialistas, Francia y EEUU, para impedir que esto fructifique.
Pero, mientras tanto, son los pueblos africanos quienes están reescribiendo el equilibrio global y regional en el desierto. Y no es un detalle marginal para aquellos que continúan considerando África solo como el tablero de ajedrez de otros.
El Lince
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