El alivio (casi conmovedor)
Lula ha ganado las elecciones presidenciales en Brasil. Mucha gente ha respirado con alivio. Un alivio casi conmovedor. Muy bien. Lula es la "soberanía nacional", con muchos matices, frente al entreguismo del neofascista Bolsonaro. Pero la pregunta es qué tipo de soberanía es la que se está defendiendo. Si es "anti Trump" se queda corta. Si es en contra de los intereses del imperialismo estadounidense, bienvenida sea. Si eso sirve para que se terminen las idas y venidas que ha tenido con los BRICS, corregidas en los últimos meses de su presidencia, mucho mejor.
Brasil no es un país fácil. Para comprender lo que ha pasado hay que profundizar en la historia de este país. Para comprender el auge del neofascismo es fundamental recordar que se trata de un país capitalista con una desigualdad social extrema y una alta concentración de riqueza, donde diversas facciones de la burguesía poseen condiciones casi inquebrantables para el dominio y la reproducción política. A ello hay que sumar su control, como en todas partes, de los mal llamados medios de comunicación, su control de todos los estamentos de seguridad (Ejército, Policía) que en estos años de presidencia de Lula no se han cortado un pelo en defender tanto el golpe militar de 1964 como las pretensiones del neofascista Bolsonaro y el apoyo al intento de golpe de Estado de Bolsonaro padre tras lae elecciones de 2022 y por el que 1.200 personas fueron procesadas. Sumad a ello el control casi total de los jueces.
Y, a todo ello, se suma el control casi absoluto del parlamento, del senado y de los gobernadores. De hecho, el Partido del Trabajo está en una situación bastante precaria: Lula solo tendrá el apoyo garantizado de 130 diputados federales (de un total de 513), 15 senadores (de 81) y 5 gobernadores de los 27. Así que la tarea de Lula por aprobar algo digno en la cuestión social va a ser muy ardua, si es que lo puede hacer. No hay que olvidar que el PT tiene una plataforma política muy moderada y que cuando ha gobernado ha sido manteniendo buena parte, por no decir toda, del marco macroeconómico neoliberal.
Por lo tanto, Lula está, mucho más que antes, en manos de lo que en Brasil se conoce como "o Centrão". No es un partido, sino un bloque informal de partidos influyentes, principalmente de centro y centroderecha. Los une no tanto la ideología como un enfoque pragmático del poder: están dispuestos a apoyar a un presidente de izquierda o de derecha si obtienen beneficios políticos y económicos. La respuesta de qué va a pasar es bastante fácil de adivinar. Lula ha prometido gasto social e inversión pública, pero sus socios no están por la labor hoy por hoy y dudo que lo estén mañana.
Sin embargo, financiar estas expectativas contrapuestas se está volviendo cada vez más difícil. La deuda pública de Brasil es del 82'9% del PIB, la tasa de interés de referencia es del 13'75% y la inflación anual es del 4'58%. Lula promete gasto social e inversión, pero el Parlamento buscará fondos para sus regiones y los mercados financieros exigirán disciplina fiscal. Por lo tanto, para el nuevo presidente, las negociaciones presupuestarias van a ser tan importantes como la política exterior.
Hay quien dice que apuntar todo esto en unos momentos en los que América Latina está ahogada es casi contrarrevolucionario; que al menos ahora, con el triunfo de Lula, América Latina coge un poco de aire. Sin duda. Y si se me apura un poco, la propia Europa. No hay más que ver lo que ha dicho la psicópata von der Leyen, la condesa presidenta de la Comisión Europea: "Felicitaciones a mi amigo Lula por su victoria electoral. La democracia y el multilateralismo han triunfado en Brasil. La asociación entre Europa y Brasil está floreciendo. Permaneceremos a su lado en los años venideros. Juntos, continuaremos trabajando estrechamente por un comercio libre y abierto , un orden mundial basado en normas y ambiciones concretas para nuestro clima". ¡Toma ya! La condesa hablando de "multilateralismo". Bueno, una muestra más de cómo se va a cortejar a Lula, ya aprisionado por los resultados internos, para que siga con los vaivenes de los BRICS.
Se puede hablar de cómo está el equilibrio de poder. O, en términos marxistas, de la correlación de fuerzas. Es algo histórico porque ya desde el primer gobierno del PT, allá por el año 2002, esta formación se impuso un compromiso con sectores de la burguesía a cambio de que esta no pusiese muchas trabas a una cierta redistribución de la renta a través de programas de bienestar social, como el "hambre cero". Hay mucho que hablar de ello, y os insisto en que visitéis la etiqueta Brasil.
Lo mejor que se puede decir es que los gobiernos de Lula (y de Dilma Rousseff) han sido de "reformismo moderado", evitando abordar cuestiones demasiado espinosas (como el conflicto entre el trabajo y el capital). Pero, a diferencia de Venezuela o Bolivia, por ejemplo, nunca se apoyó -excepto en ocasiones muy puntuales, como unas elecciones- en la movilización de masas ni en fortalecer la conciencia política de la ciudadanía para fortalecer su gobierno. Y eso ha llevado a la campaña de persecución contra Lula (estuvo encarcelado por ello) durante la presidencia de Bolsonaro padre, y al auge del neofascismo de ahora. Y a la vista de los resultados tras estas elecciones, fuera de la reelección de Lula, la cosa no pinta nada bien.
El PT ha relegado la educación política de la gente y la confrontación directa, e indirecta, con las élites hasta el punto de que hoy es ya imposible de recuperar por mucho que la movilización de última hora haya logrado mantener a Lula en la presidencia. En el PT gusta la frase de "compromiso y pragmatismo" para abordar las presidencias de Lula y Dilma. Bueno. Lo cierto es que los grandes problemas que afectan al sustento de la población siguen sin resolverse: un transporte público caro e ineficiente; infraestructuras frágiles e inadecuadas en las vastas zonas periféricas urbanas; oleadas de delincuencia violenta, a menudo asociadas con los enclaves territoriales de los cárteles de la droga o las milicias ilegales; y un mercado laboral saturado, incapaz de proporcionar empleos y salarios dignos. No hay que olvidar que no ha sido hasta hace un par de semanas, es decir, en plena ofensiva electoral para esta segunda vuelta, cuando en Brasil se impuso la semana laboral de 40 horas, que el tándem Lula-Dilma había mantenido en 44 como consecuencia de sus pactos con los sectores de la burguesía.
Aquí es donde han entrado a saco los evangelistas, en los grupos marginados social, política y económicamente, con una red de apoyo ante la ausencia del Estado. Y esta gente ha sido uno de los puntales de Bolsonaro y el neofascismo. Esto ya no se va a poder desmantelar, si es que Lula lo intenta. Porque ahora sería el momento, con el neofascismo tocado y cuando la movilización de última hora -de última hora- ha sido grande entre la clase trabajadora, los sindicatos, los partidos que se proclaman de izquierda, los movimientos sociales ha sido capaz de demostrar su poder y de generar divisiones y fisuras entre diferentes sectores de la burguesía.
La cosa no está fácil, eso es evidente. Por eso digo que a nivel interno Brasil ya está perdido. Lula solo va a tener algo de maniobra en la política exterior, y eso en sí ya es bastante. Se suele olvidar que Bolsonaro padre no retiró a Brasil de los BRICS, y eso no es por ideología precisamente sino por conveniencia. China representa casi el 30% de las exportaciones de mercancías de Brasil, mientras que EEUU representa alrededor del 11%. Por lo tanto, incluso un presidente cercano a EEUU no podría desviar la economía brasileña de China sin consecuencias. Por eso Lula va a jugar la carta de la "soberanía estratégica", incluso con vaivenes en los BRICS, para no molestar a nivel interno a sus socios y mostrar que no está vinculado a un solo bloque.
La victoria de Lula no significa un triunfo para la izquierda. El presidente controla el gobierno, la derecha, clásica o neofascista, controla una parte muy significativa del parlamento, del senado y las regiones, y los intereses económicos trascienden las líneas ideológicas, cada vez más difuminadas entre la pretendida "izquierda" y la derecha. Desconocerlo es estar en las nubes y eludir la gran pregunta: bajo qué condiciones podrá Lula conformar una mayoría para gobernar el país.
El Lince
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